Memoria Coahuila

Recuperación documental y estadística de la violencia

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Yo fui secuestrado


Un infierno fue lo que vivió José L. Fue tal peligro, que no quiere revelar su nombre por miedo, pese que su experiencia ocurrió hace seis años.

Era una noche de octubre. José L. decidió salir a divertirse y pasar tiempo con uno de sus grandes amigos pero nunca se imaginó lo que le esperaba.

A la 1:30 de la mañana, él y su amigo fueron a la gasolinera a canjear unos dólares cerca de la calle 24 del centro de Torreón, cuando, recuerda, dos Boras de color blanco y negro se les acercaron; de allí descendieron dos hombres.

Los hombres los tomaron, golpearon, sometieron, les quitaron la ropa y los amordazaron antes de meterlos a la cajuela. -Ya se la pelaron –les dijeron y azotaron la cajuela. “A mí me secuestraron los de la letra”, dice José una tarde de septiembre. Los de la letra, mejor conocidos como los Zetas, es una organización mexicana de narcotráfico y terrorismo, conformado principalmente por exmilitares, sus principales actividades son el narcotráfico el homicidio, secuestro, extorsión, lavado de dinero, tráfico de armas, entre otras.

José, a la distancia, cree que los levantaron por la camioneta que traían en esos momentos, una BMW X5 que pertenecía a un amigo de su amigo, el cual, piensa José, quizá estaba relacionado con los Zetas.

El calvario

Transcurrieron cerca de 30 minutos con el auto el movimiento, hasta que los secuestradores se detuvieron y sacaron a José y su amigo de la cajuela. José no sabía dónde estaba pero cree que pudo haber sido en un lugar donde había una fiesta, ya que escuchaba música y algunas voces animadas.

Recuerda que lo sacaron de la cajuela con los ojos tapados y lo empezaron a insultar y a golpear. Después lo desnudaron y lo dejaron en bóxers antes de meterlos a la casa de seguridad.

“En la casa de seguridad es como si estuvieras en una escuela, ya que te preguntan todo, cómo te llamas, donde vives, quién es tu familia, cuál es tu dirección, teléfono de casa, etcétera. Ellos te tienen checadito y saben exactamente quién eres y qué delitos haz cometido anteriormente”, dice José.

Al entrar, recuerda que a él y a su amigo los separaron para interrogarlos acerca de la camioneta y poder ver quién estaba mintiendo.

-¿Qué pedo con la caja fuerte, wey? acabamos de matar a tu amigo y te va a ir igual si no nos dices -le gritaba el secuestrador a José, que desconocía a qué caja fuerte se refería.

A José lo golpearon y lo patearon una y otra vez. Golpe tras golpe, patada tras patada.

Su experiencia en la casa de seguridad, es algo no le desea a nadie “Allí, tú vales nada, niños, mujeres todos somos iguales para ellos”. José estima que aquella noche tenían secuestradas entre 60 y 65 personas más, casi todas mujeres.

Las torturas eran con una tabla agujerada hecha de madera. Los secuestradores llamaban “Lupita” a la tabla. “Si hablabas de más, o hacías un mínimo gesto de dolor, te podía ir peor con la tabla. No tenían piedad ante ninguno, todos allí eran unos meros juguetes y trataban a todos por igual”, recuerda José.

Con la tabla golpeaban en la nuca, en la espalda, en las corvas. Y si eras de un grupo criminal contrario, a “Lupita”, la tabla, la cambiaban por un bate de béisbol para romperte las piernas, los brazos, los tobillos, el alma.

“No puedes moverte…sólo escuchar; balbuceos, gritos y disparos”.

La casa de seguridad era un lugar con olores agrios, ácidos, y con un olor tan fuerte que penetraba el ambiente y lo volvía lúgubre y horrible. “Ellos no te dejan moverte para nada de tu habitación, solo te mantienen acostado y si tienes ganas de ir al baño ahí mismo te tienes que hacer, si se te ocurría pararte te iba peor con los guardias ya que jugaban y se divertían maltratándote e insultándote”, relata.

Después de unas cuantas horas de tortura y espera llegó un momento en el que José sólo anhelaba morir. Pensaba en su hijo mayor que había fallecido tiempo atrás. “Por favor ya no quiero seguir sufriendo más, si ya me toca acaba con este sufrimiento por favor” se repetía José en su mente.

La llamada

Entonces, una llamada lo cambió todo. Los secuestradores fueron contactados por el dueño de la camioneta. “Esos batos no tiene nada que ver, son amigos”, se enteró José después que les dijo.

Un hombre con la voz distorsionada con un aparato lo separó de los otros plagiados, y junto con su amigo, salieron de esa experiencia de la que, probablemente muchas mujeres, niños y hombres que estaban allí, no iban a tener la suerte que ellos.

Les quitaron las esposas, las mordazas y con una simple sonrisa arrastrando, los llevaron a un auto.

“Tengo marcas de quemaduras, las esposas me rozaban”, dice seis años después José.

Mientras los llevaban a bordo del vehículo, una chica los acompañaba, y José sólo veía su cara desfigurada; le habían echado ácido, decían que ella era presuntamente una conexión con los contrarios.

“A mí me soltaron, pero a ella, digo, Dios la tenga en su santa gloria…a ella sí la cocinaron”, especula José.

Epílogo

Un año después del secuestro, un hombre se le acercó a José en la calle. “Yo soy uno de los secuestradores que estaban en la casa de seguridad”, le dijo sonriendo. “Ya no te preocupes, ya no ando en esas cosas”. Y se fue.

Su amigo que también fue plagiado no corrió con la misma suerte. Fue asesinado hace 2 años por no pagar el derecho de piso de un bar que tenía. “Tengo 47 años, pero, después de esta experiencia, tengo solo 6 años, yo volví a nacer en el momento que vi la luz”, considera José.

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